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Lunes 25 de Mayo de 2026 a las 07:00

El secreto bajo los robles que permite convivir a plantas rivales

Autor: Ezequiel Antorán Pilar Autor: Ezequiel Antorán Pilar

El trabajo, liderado por Investigadores del Instituto de Investigación en Cambio Global de la Universidad Rey Juan Carlos (IICG-URJC), revela que los árboles pueden actuar como mediadores que equilibran la competencia entre plantas, evitando que las más fuertes acaben con las más débiles.

Redacción

¿Por qué en un mismo terreno pueden crecer plantas que compiten por los mismos recursos sin que unas acaben eliminando a las otras? Esta pregunta, que los ecólogos llevan décadas intentando responder, acaba de recibir una respuesta sorprendente: el suelo que rodea a los robles actúa como un mediador silencioso que pone freno a los más dominantes y da ventaja a los más débiles, permitiendo a ambos convivir.

Un equipo de investigadores liderado por Ezequiel Antorán y Joaquín Calatayud, miembros del Instituto de Investigación en Cambio Global (IICG-URJC), desvela cómo los robles melojo (Quercus pyrenaica) modifican la composición química y microbiana del suelo a su alrededor, creando condiciones distintas a las del resto del terreno. Esas condiciones disminuyen la germinación de la jara pringosa (Cistus ladanifer), la especie dominante y más agresiva, mientras favorecen el crecimiento de la jara estepa (Cistus laurifolius), la más débil. El resultado: ambas conviven.

El estudio, recientemente publicado en la prestigiosa revista Ecology Letters, ha contado con la colaboración de los investigadores Jaime Madrigal González (Universidad de Valladolid), Rubén Bernardo Madrid (Estación Biológica de Doñana-CSIC), Miguel Ángel Fernández Martínez (Universidad Autónoma de Madrid) y Marcelino de la Cruz Rot (IICG-URJC). En este trabajo también ha participado la Universidad de Umeå (Suecia).

Un mediador en la sombra


El equipo diseñó experimentos en los que cultivó semillas de ambas jaras en suelos recogidos junto a robles y los comparó con suelos sin esa influencia. Los resultados fueron claros: las semillas de la jara dominante germinan peor en el suelo del roble, mientras que las plántulas de la jara débil crecen mejor en el suelo de roble. Estos efectos se producen tanto por las sustancias químicas que el roble acumula en el suelo (a través de sus raíces y la descomposición de sus hojas) como por los microorganismos específicos que viven en ese suelo.

"Es como si el roble redistribuyera los recursos desde abajo", explica Ezequiel Antorán. "Sin su presencia, la jara pringosa acaba dominando y la estepa desaparece. Pero con él de por medio, hay espacio para las dos", añade el investigador del IICG-URJC.

La teoría coincide con la naturaleza


Para verificar que estos efectos eran suficientes para mantener la convivencia a largo plazo, el equipo desarrolló simulaciones por ordenador basadas en los datos experimentales. Los modelos reprodujeron con notable precisión los patrones de distribución que se observan en la naturaleza: la jara débil se concentra cerca de los robles, mientras la dominante prolifera en zonas alejadas. Las simulaciones también mostraron que ambas poblaciones se mantienen estables durante 100 años.

"Lo que hace especial a este estudio es que no solo explicamos el por qué en laboratorio, sino que lo vemos reflejado en el campo. Eso es lo más difícil de lograr en ecología", apunta Joaquin Calatayud.

Importancia para el futuro de los ecosistemas


El hallazgo tiene implicaciones que van más allá del Sistema Central, donde se realizó el estudio. Comprender cómo las interacciones indirectas entre especies mantienen la biodiversidad es clave para gestionar ecosistemas, restaurar hábitats degradados y predecir cómo responderán las comunidades de plantas ante el cambio climático o la pérdida de especies. Si eliminamos a los mediadores del ecosistema —árboles como los robles— podemos romper sin saberlo los equilibrios que permiten la convivencia de muchas otras especies.

"El resultado refuerza una idea cada vez más importante: la biodiversidad no se mantiene únicamente por la competencia directa entre especies. También puede depender de interacciones indirectas. Esto amplía la forma en que pensamos la coexistencia: no basta con preguntar qué especies compiten entre sí, sino también cómo unas especies modifican las condiciones que afectan a otras", afirma Rubén Bernardo Madrid, investigador de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC). 

Este trabajo ha sido financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y la Comunidad de Madrid.